Lun. Feb 16th, 2026
La taquilla de un camarote
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La taquilla parecía una tontería, un mueble más en un camarote sin espacio para romanticismos. Tiene una puerta estrecha, un cierre que suena a metal viejo y un interior que, sobre el papel, debía bastar para todo.

En tierra habría sido “un armario pequeño”.

A bordo, es un territorio. La primera noche la cierras con confianza, como se cierran las cosas cuando crees que ya has terminado el trabajo.

Duermes con esa satisfacción ingenua de quien logra encajar la vida en cuatro paredes. El barco, sin embargo, no siempre está de acuerdo.

No sabrás si será el balance o esa vibración constante que no notas mientras hablas, pero que lo mueve todo cuando intentas dormir.

En algún momento de madrugada oí un golpe seco. Corto. Un crujido después… abrí los ojos. El silencio volvió enseguida, pero ya me había despertado.

Cuando te despiertas en un camarote ajeno, a oscuras, lo primero que sientes no es miedo, es desorientación.

La taquilla estaba entreabierta, lo justo para que pareciera una travesura. En el suelo había una camiseta doblada a medias, un neceser boca abajo y el cepillo de dientes, por supuesto, explorando el camarote por su cuenta.

Lo recogí todo con una mezcla rara de fastidio y vergüenza… aunque no hubiera nadie mirando. La vergüenza es así. Aparece incluso cuando estás solo.

El barco te enseña otra lección. A bordo, el orden no es una manía. Es supervivencia mental.

Ese momento tonto, sin avisar, te enseñó una regla de vida a bordo.

…solo es el principio, Alumno.

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